=Este domingo, quise ser parte de la historia; había que estar aquí pues creemos que sí se puede avanzar en un Mundial de Futbol
=Familias enteras de todo el país, seguras del triunfo de la Selección Mexicana sobre la de Inglaterra, cantan, bailan, gritan, exigen …
Por Renato Consuegra
Salí de casa antes de que amaneciera…
No porque tuviera un boleto para entrar al Estadio Azteca. No porque alguien me hubiera invitado a una zona VIP o porque tuviera una acreditación especial. Salí porque hoy, simplemente, había que estar aquí. Porque hay días en los que uno no asiste a un partido de futbol; asiste a un momento de la historia.
Y hoy, la Ciudad de México no es una ciudad. Hoy es un estadio.
Todavía no son las nueve de la mañana cuando me incorporo a Paseo de la Reforma y descubro que la fiesta comenzó hace muchas horas. Quizá anoche. Quizá hace semanas. Quizá desde aquel primer partido en el que México nos hizo creer que sí era posible.
Camino unos metros y encuentro las primeras familias envueltas en banderas. Un padre sostiene de la mano a un niño que apenas puede cargar la corneta que le compraron. Una pareja de adultos mayores, ella con un sombrero charro adornado con luces verdes, él con una camiseta de la Selección que, por el desgaste, parece haber sobrevivido a varios mundiales. Más adelante, un grupo de jóvenes duerme todavía sobre cartones y cobijas ligeras. Apartaron lugar desde la madrugada. O nunca se fueron.
La Ciudad de México se ha convertido hoy en el lugar más importante para millones de mexicanos y, quizá, para buena parte de América Latina.

Ambiente único, singular, sin precedente, se vive en las plazas públicas del país.
La capital del país es, literalmente, una Ciudad-Estadio.
Desde la Estela de Luz hasta el Ángel de la Independencia; desde Avenida Hidalgo hasta el Zócalo; desde parques, plazas y alcaldías, decenas de pantallas gigantes esperan el inicio del partido más importante en la historia futbolística de México. El gobierno capitalino instaló decenas de espacios públicos para seguir el encuentro, pero la realidad es que hoy cualquier pared, cualquier restaurante, cualquier hotel, cualquier ventana abierta se ha convertido también en una tribuna.
Nadie quiere quedarse fuera…
En las calles aledañas encuentro algo que me conmueve particularmente: personas arrastrando todavía sus maletas de viaje. Llegaron hace unas horas. Algunos vienen de Monterrey, de Mérida, de Tijuana, de Puebla, de Guadalajara. Otros bajaron de autobuses turísticos estacionados en las inmediaciones de Reforma. Muchos no consiguieron boleto para el estadio, pero eso nunca fue un impedimento.
Querían estar aquí.
Querían poder decir algún día: «Yo estuve en la Ciudad de México cuando México jugó el partido más importante de su historia».
A medida que avanza la mañana, el verde comienza a apoderarse absolutamente de todo.
No importa si alguien es americanista, puma, chiva, cruzazulino, toluqueño, rayado o tigre. Hoy no existen las rivalidades locales. Los colores de los clubes desaparecieron. Las discusiones eternas sobre quién es el más grande quedaron suspendidas.
Hoy todos juegan para un mismo equipo.
Y entonces descubro algo todavía más extraordinario: tampoco importa de dónde vienes.
Veo venezolanos que encontraron en México un hogar y que hoy portan orgullosamente la camiseta verde. Veo familias cubanas. Veo haitianos. Veo colombianos. Veo argentinos que, por una mañana, decidieron adoptar la esperanza mexicana. Veo turistas ingleses mezclados entre la multitud. Veo camisetas del Flamengo, del Botafogo, del París Saint-Germain, del Boca Juniors, del Real Madrid, del Liverpool.
Pero todas, absolutamente todas, terminan fundiéndose en un mismo paisaje.
La verde.
Escucho los primeros gritos.
—¡México! ¡México! ¡Ra, ra, rá!
A unos metros, otro grupo responde:
—¡Y si sí! ¡Y si sí!
Y después, como una ola imposible de detener, surge ese canto irreverente, popular, profundamente mexicano, que no necesita explicación ni traducción:
—¡Que sí, que no, que cómo chingados no!
Y entonces comprendo que esto dejó hace mucho de ser una fiesta nacional.
Esto es una fiesta global.
Porque el futbol tiene esa extraña capacidad de borrar durante unas horas las fronteras, las ideologías, las diferencias económicas, las simpatías políticas y hasta las preocupaciones personales. Aquí hay empresarios y estudiantes. Hay obreros y profesionistas. Hay niños, jóvenes y adultos mayores. Hay creyentes y escépticos. Hay ricos y pobres. Hay mexicanos por nacimiento y mexicanos por elección.
Hay, simplemente, personas.
Personas que no se conocen entre sí y que, sin embargo, hoy están unidas por un mismo deseo: ver a México luchar.
El sol comienza finalmente a asomarse entre los edificios de Reforma. El Ángel de la Independencia, acostumbrado a las celebraciones y a las protestas, parece observar con paciencia esta nueva manifestación colectiva: la de la esperanza.
Porque de eso se trata realmente.
No de ganar o perder.
No de estadísticas.
No de sistemas tácticos.
No de posesión del balón.
Se trata de estar aquí.
De sentir que, por unas horas, millones de personas desconocidas pueden convertirse en una sola voz.
De abrazar a alguien cuyo nombre nunca sabremos cuando llegue un gol.
De gritar hasta quedarse sin aire.
De llorar, si es necesario.
De creer.
Porque hoy la Ciudad de México no es una ciudad…. Hoy es un estadio.
Y nosotros, los cientos de miles, qué miles, millones que no entramos al Azteca, también somos parte del partido.
Así que, pase lo que pase dentro de la cancha, aquí afuera ya hemos ganado algo que no cabe en ningún marcador: la posibilidad extraordinaria de sentirnos, aunque sea por una tarde, parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.














